Un Rozitchner veloz, profundo y ocurrente estuvo alentado por carcajadas y resultó aplaudido luego de casi dos horas de vertir ideas prácticas para construir una vida plena.
Filosofía del Entusiasmo, así tituló Alejandro Rozitchner la charla que dio en el Museo Reanault (Libertador y San Martín de Tours) el viernes 19 de abril. El resultado de la propuesta fue un diálogo divertido y animado sobre lo que él conoce en serio, los matices del alma humana y la posibilidad de hacer uso de las ideas como herramientas y no como meros conceptos abstractos.
Basó su charla en la idea del hombre situado dentro de la realidad, que está inmerso en la realidad y se mira desde una perspectiva interna, con la posibilidad de tener dos actitudes o perspectivas con respecto a ella. Una, bajo una mirada débil de reproche, de objeción, un estar enojado con la vida y la segunda basada en la fuerza del entusiasmo, un modo entusiasta de estar en el mundo.
Usó un par de metáforas simples y contundentes. Comparó el estado óptimo al que puede llegar alguien gracias al desarrollo y vivencia de sus deseos con entusiasmo al punto nieve que alcanza la clara luego de un intenso batido o a una plena erección. “Uno se bate y logra su punto nieve. Ese batir es el recorrido, proceso. Es un frenesí, un darse manija. Uno se entusiasma cuando se da manija. Es reconocer la chispa en uno y lograr hacer un incendio. La vida es gastarse y nos gastamos en el entusiasmo de acrecentar esa chispa individual. O podemos decir que el entusiasmo es una erección del ser. Un despliegue del ser, una posición vibrante, erguida, sostenida.”
Agregó que el entusiasmo es un método de selección porque permite elegir caminos y la clave está en reconocer cuáles son los deseos íntimos y tener un diálogo cercano y sincero con ellos. Destaca que la fuerza que se obtiene del entusiasmo no se equipara a ninguna otra como motor de acción aunque no asegure un éxito despliega al máximo las posibilidades de llevar una vida plena. Dejó claro que el enemigo principal del entusiasmo es el ideal, ese ideal inexistente que no deja accionar según los elementos que ofrece la realidad.
Definió al entusiasmo como una fuente y derroche de energía. Refutó a Umberto Eco al opinar que no hay que buscar lo que no se ha hecho y trabajar en eso para ser reconocido sino buscar en uno mismo y hacer eso que responde a tu propia naturaleza y ahí se desarrollará la fuerza y la creatividad para marcar la diferencia. Reconoció que el entusiasta genera resistencias propias (“hay que bancarse estar entusiasmado, lleva implícita la idea de abandono, de dejarse llevar por un deseo, una pasión, ser uno mismo más que nunca”) y en la gente porque asusta semejante despliegue de energía. En definitiva el entusiasta es quien “se hace un traje a medida” que le cae bien, que le resulta cómodo, que responde a su estilo y su modo de estar en el mundo. Es la expresión de lo propio.
Rozitchner es un ejemplo de eso que predica. Se lo ve cómodo, alegre, concreto y entusiasta en el escenario que el Museo Renault armó para él, pero más aún en el de la vida.
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